En una reciente conferencia en Roma, el Ministerio de Asuntos Exteriores de Italia, en colaboración con la Organización Internacional Italo-Latinoamericana (IILA), promovió y reafirmó la idea de “Italia, América Latina y el Caribe: juntos para el crecimiento”.
El objetivo, según el gobierno italiano, sería "valorar las conexiones históricas, culturales y económicas" entre el país y la región a través de vínculos "fortalecidos con gran esfuerzo en los últimos años entre Italia y estos países, y mirar juntos hacia el futuro". Este plan para fomentar los vínculos y, en especial, las exportaciones italianas a países latinoamericanos refleja facetas intrigantes y, a la vez, complejas de la política italiana contemporánea.
Por un lado, se pone énfasis en la Diplomacia Cultural, entendida como el uso estratégico de la cultura para reposicionar a Italia como puente simbólico, económico y político entre Europa y América Latina, fortaleciendo los lazos históricos y proyectando la imagen del país en el escenario internacional.
Los datos económicos presentados por el Ministerio son significativos y justifican el impulso de esta creciente colaboración en la región. En 2024, el comercio entre Italia y los países latinoamericanos alcanzó los 33 000 millones de euros, de los cuales casi 21 000 millones corresponden a exportaciones italianas. Además, actualmente hay más de 3000 empresas italianas activas en la región, que emplean a casi 20 000 personas y generan una facturación de 70 000 millones de euros. [ 1 ]
Esta iniciativa demuestra una estrategia geopolítica de poder blando que convierte la cultura italiana en un instrumento de influencia y capital simbólico, aprovechando sus conexiones históricas, culturales y, sobre todo, económicas. La cultura, que moldea valores, comportamientos y narrativas colectivas, está representada en el diseño, la moda, la gastronomía y el patrimonio cultural italianos, creando circuitos virtuosos de intercambio comercial.
Otro punto relevante es que dichos datos albergan también un activo intangible de gran valor estratégico: la memoria cultural perpetuada a través de las comunidades de descendientes formadas por la diáspora italiana establecida en América Latina desde el siglo XIX.
Sólo entre 1870 y 1920, se estima que alrededor de 1,4 millones de italianos llegaron en barco a las costas brasileñas, número que corresponde aproximadamente al 42% del total de 3,3 millones de personas de ascendencia italiana en el mundo durante ese período. [ 2 ]
Estas cifras hablan por sí solas de la importancia de esta historia y la influencia de esta comunidad en la sociedad brasileña. Es un tejido sociocultural vivo que continúa reproduciendo valores, prácticas laborales, idiomas y formas de sociabilidad que mantienen a Italia presente en el imaginario y la vida cotidiana de millones de personas en Latinoamérica.
A pesar de ello, el gobierno italiano parece no valorar plenamente este activo, subestimando que las comunidades diásporicas constituyen un importante vínculo cultural, relacional y económico entre Italia y la región. Tanto es así que, en los últimos años, mediante decretos, leyes y reglamentos (como el "decreto de la vergüenza", Decreto-Ley 36/2025, convertido en Ley 74/2025), la política italiana ha socavado y restringido persistentemente uno de los vínculos más fuertes de este patrimonio cultural: la ciudadanía italiana. juris sanguinis.
El "derecho de sangre", un principio del ordenamiento jurídico italiano que estipula que la nacionalidad italiana puede transmitirse por ascendencia sin límites generacionales, independientemente del lugar de nacimiento, se ha convertido, para esta comunidad, en un símbolo de falta de respeto hacia sus antepasados.
Con una política marcada por contradicciones, el gobierno italiano, por un lado, busca promover la cohesión cultural transnacional y estimular "asociaciones para el crecimiento mutuo", fortaleciendo nuevos lazos económicos de cooperación en América Latina. [ 3 ]
Por otra parte, impone normas que restringen los derechos de los descendientes de aquellos "millones de italianos que, impulsados por la esperanza, el coraje y el ingenio", cruzaron el océano desde la primera mitad del siglo XIX en busca de una vida mejor en ultramar. [ 4 ]
Reconocer a las comunidades italo-latinoamericanas como sujetos activos de la política cultural exterior, transformando la memoria migratoria en un patrimonio vivo de cooperación y pertenencia transnacional, es el primer paso hacia una verdadera diplomacia cultural. Pues valorar el papel de Italia en América Latina y el Caribe no es solo una cuestión de comercio o energía, sino, sobre todo, de reconocer la identidad compartida y el respeto mutuo.

Notas:
[2] CORTESE, A. Inmigración italiana en Brasil, 150 años. Libro disponible en: https://ambbrasilia.esteri.it/wp-content/uploads/2025/03/150-anos-Imigracao-Italiana_compressed-2.pdf.






















































